jueves, 28 de noviembre de 2013

Relato ficcional

DÍAS DIFÍCILES
 Hoy es 18 de diciembre  del 2001. Pedro mira su reloj , son las 6.50, está en  horario. Trabaja en una fábrica de manufacturas sintética  desde  hace 18 años. Ingresa al tarjetero, toma su tarjeta. Con sorpresa y bronca lee una nota donde dice que  no prestara servicios y que se dirigiera a la oficina de personal.
Al minuto se presenta a dicha oficina donde un administrativo le entrega una nota. En ella  dice que queda desafectado, el motivo:  “exceso de personal”  y la “disminución del presupuesto”. Pedro le pregunta a la persona que le entregó la nota si podía hacer algo para evitar ese despido, a lo que le responde que se dirija a la oficina del jefe Fernández , además le dice que no es el único afectado ya que ocho compañeros más  han sido despedidos.
Pedro en ese momento no reacciona, tiene su mente en blanco, los latidos del corazón se aceleran,  sus piernas le tiemblan  y un sudor frío recorre su cuerpo. Piensa: “ahora qué hago, Marta mi esposa se va a poner muy mal cuando se entere ya que la única entrada de dinero  es  mi trabajo, además tengo dos hijos, Matías de 11 años y Martina de 9, que concurren a una escuela privada”.
A los 5 minutos entra Juan, que está en la misma situación y le dice:
- Sabés lo que pasa , que nosotros estuvimos haciendo movilizaciones  para evitar que la fábrica cierre y perdamos  nuestra fuente de trabajo. Ésto molestó al señor Fernández porque,  al no realizar el producto por los paros que hicimos, bajó la producción y perdieron la exportación.

- Está bien, el señor Fernández  tiene sus razones,   pero nosotros como delegados, tenemos la obligación de defender nuestros derechos y la de nuestros compañeros, todos estuvimos de acuerdo y acordate que también nuestras familias  estuvieron involucradas, porque nuestras mujeres preparaban  el almuerzo  y nuestros hijos  estaban acompañándonos – contestó Pedro y agregó - La verdad  que   también tuvimos angustia ante la irrupción de la policía solicitada por el jefe de la fábrica, además porque la dejaron cuando él dio por finalizado el conflicto.
Juan reflexiona:
- ¡Qué mala pata!,  los delegados pagamos los  platos rotos, quedamos sin el pan y sin la  torta  y eso que tenemos buena conducta, llegamos a un arreglo con el jefe y comenzamos otra vez a trabajar, me parece que en esta Argentina, quien obra bien termina mal.
- Estamos como el país – contesta Pedro -  De la Rúa hace papelones en el programa de Tinelli  en lugar de cumplir sus funciones  y evitar que las cosas aumenten, así estamos de mal en peor  y, encima, nosotros sin trabajo .
- Pero acordate que nos tienen que pagar una indemnización y un fondo de desempleo, ésto nos va a ayudar a conseguir un trabajo, yo también estoy rejodido porque  tengo un bebé de 8 meses a quien hasta el día  de ayer le compraba pañales de marca  y, ahora, le compro pañales de segunda calidad. Y ahora qué hacemos, por lo pronto iré a mi casa,  me sentaré junto a mi mujer y le diré la verdad. Después Dios dirá. Nos vemos mañana. – Y palmeándolo en el hombro, le dice - Fuerza, adelante! Ya sé, es consuelo de tontos pero, consuelo al fin.
- Me parece que voy a hacer lo mismo – Dice Pedro - Me voy, me doy una ducha, la siento a Marta y le cuento lo que pasa, pero en cierto modo tenés razón. Dios nunca nos abandona pero ¿sabés qué?, me jode mucho la falta de solidaridad de nuestros pares, ellos saben lo que nos pasa, ni siquiera se acercaron a decirnos que lo sienten y que se ponen en nuestros lugares, qué falta de empatía y pienso: para ésto luchamos, nos quedamos afuera y con un gran desazón, me duele tanto desinterés y desamor, es como el término de un día, todo pasa, todo comienza, pero lamentablemente, este mal momento tardará en pasar, porque un trabajo dignifica, nos hace sentirnos felices, es un decir, en fin, por lo menos podemos llevar adelante a nuestra familia, no pretendo que los demás compañeros hagan lo  necesario para que reviertan nuestra situación, porque no pueden hacer nada, pero el acercamiento hacia nosotros, nos alentaría a pasar el mal trago.
Ambos se retiran a sus hogares, Pedro se baña, le cuenta a Marta lo acontecido, quien lo alienta, y le manifiesta que, para salir del paso,  se va a anotar en la salita del barrio porque Ana le comentó que necesitaban personal de limpieza. Le dice que se quede tranquilo, que Dios lo va a premiar por todo lo que ayudó a sus compañeros, porque siempre da sin mirar a quien, que mañana ubique un abogado para la tramitación de la indemnización y también del fondo de desempleo, lo abraza y le da un beso. Ésto reconforta a Pedro, que se relaja y así puede pasar la noche y descansar tranquilo, sin pensar en nada, sólo en su familia.
Así transcurren dos días, en los que Pedro y Juan ubican un abogado, quien los asesora y los tranquiliza diciéndoles que van a cobrar lo que corresponde, que no les puede precisar la fecha, pero que va a tratar de que sea lo más pronto posible. Juan esboza una tímida sonrisa y le dice a Pedro
- Menos mal porque Sonia, mi señora, se enojó, me culpó de que soy muy confiado, ayudo a los demás y los demás nunca me agradecen,  cuando yo necesito algo nadie se acuerda de mí, que me joda por lo que me pasa, que soy culpable de ello.
Pedro lo alienta:
-          Está dolida - le dice - ya se le va a pasar, ya vamos a estar mejor, un día de éstos pasen por casa, quizás cuando escuche a Marta cambie de actitud.
-           ¡Ojalá! – dice Juan - porque viste que todo está mal, De la Rúa, se fue del gobierno como rata por tirante, hizo todo mal, total nosotros somos los que nos jodemos, el aumento de la canasta familiar se fue por las nubes, estamos en el horno pero… a mal tiempo buena cara. Bueno Pedro nos vemos, esperemos que corran otros aires, porque lo que ocurre con los saqueos a supermercados y el aumento de los precios nos deprimen más.

-          Es lo que hay – dice Pedro y lo saluda con un “hasta siempre”.


Por Diego Palazzo.

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